jueves, 9 de agosto de 2018

EL ESPACIO


BRUNO ZEVI EL ESPACIO, PROTAGONISTA DE LA ARQUITECTURA
Editorial Poseidón, Buenos Aires, 1972 (Quinta edición)
REELABORACION

Todos los que han reflexionado sobre este asunto, aunque sea fugazmente, saben que el carácter primordial de la arquitectura, el carácter por el que se distingue de las demás actividades artísticas, reside en su actuar por medio de un vocabulario tridimensional que involucra al hombre. La pintura actúa en dos dimensiones, aunque pueda sugerir tres o cuatro. La escultura actúa en tres dimensiones, pero el hombre permanece al exterior, separado, mirándolas desde fuera. La arquitectura, por el contrario, es como una gran escultura excavada, en cuyo interior el hombre penetra y camina
.
La planta de un edificio no es, en realidad, más que una proyección abstracta sobre el plano horizontal de todos sus muros. Una realidad que nadie ve fuera del papel, y cuya única justificación depende de la necesidad de medir las distancias entre los distintos elementos de la construcción, para uso de los obreros que tienen que ejecutar materialmente el trabajo. La fachada y las secciones, interiores y exteriores, sirven para determinar las medidas verticales. Pero, la arquitectura no deriva de una suma de longitudes, anchuras y alturas de los elementos constructivos que envuelven el espacio, sino dimana propiamente del vacío, del espacio envuelto, del espacio interior, en el cual los hombres viven y se mueven.

El espacio interno, no puede ser representado completamente en ninguna forma, ni aprehendido ni vivido, sino por experiencia directa, es el protagonista del hecho arquitectónico. Tomar posesión del espacio, saberlo ver, constituye la llave de ingreso a la compresión de edificios. No nos será concedida, sino vagamente, una historia y, por ende, un goce de la arquitectura, en tanto no hayamos aprendido a comprender el espacio y –lo que es más importante- aplicarlo como elemento substancial en la crítica arquitectónica.

¿Qué es la arquitectura?, y lo que todavía interesa más: ¿que es la no-arquitectura? ¿es exacta la identificación entre arquitectura y edilicia artística, y no-arquitectura y edilicia antiestética? En otras palabras, la distinción entre arquitectura y no arquitectura, ¿se basa en un juicio meramente estético? ¿y que es este espacio protagonista de la arquitectura?¿cuantas son sus dimensiones?

Hemos dicho que las cuatro fachadas de una casa, de una iglesia, de un palacio,por bellas que sean, no constituyen más que la caja en la que está comprendida la joya arquitectónica. Puede estar finamente trabajada, arduamente esculpida, horadada con gusto; puede ser una obra maestra, pero continúa siendo una caja. Existe hoy en Norteamérica toda una técnica y un arte de hacer envases, que se enseña en las escuelas industriales de comercial design, pero nadie ha pensado jamás confundir el valor de la caja con el de su contenido.

En todo edificio, lo que contiene, es la caja de muros, lo contenido es el espacio interno. Muy a menudo, el uno condiciona al otro (piénsese en una catedral gótica francesa, o en la mayor parte de los edificios auténticamente modernos), pero tal regla tiene excepciones muy numerosas en el pasado, particularmente la arquitectura barroca. Con frecuencia, a través de la historia de la
construcción, encontramos edificios en los que existe una neta diversidad entre continente
y contenido, y basta un rápido análisis para observar que muchas veces -en verdad, demasiadas- la caja de muros ha sido objeto de mayor pensamiento y trabajo que el espacio arquitectónico. Ahora bien, ¿cuántas dimensiones tiene la “caja de muros” de un edificio? ¿pueden ser identificadas con las dimensiones del espacio, o sea de la arquitectura?

El descubrimiento de la perspectiva, es decir, de la representación gráfica de las tres dimensiones -altura, profundidad y ancho- podía hacer creer a los artistas del siglo XV que poseían finalmente las dimensiones de la arquitectura y el método de representarla. Los edificios representados en la pintura pre-renacentista están, en efecto,achatados y torcidos; Giotto perdía la paciencia en poner fondos arquitectónicos en sus frescos, pero debía comprender que su éxito era técnicamente asa relativo, aún cuando solía aprovecharse excelentemente de esta incapacidad, subrayando intenciones cromáticas que serían alteradas en una representación tridimensional. En aquel tiempo, la pintura actuaba todavía en dos dimensiones: la rigidez frontal bizantina se iba modelando en los rostros de las figuras, una mayor capacidad en los pasajeros pictóricos de la luz a la sombra transfería la experiencia plástica de la escultura al plano cromático: la arquitectura de Pisa rompía la primitiva superficie de los frentes de las catedrales y daba una profundidad, además de una vibratibilidad cromática, a los planos de muros. Pero fue necesario esperar el descubrimiento de la perspectiva para obtener una representación adecuada de los ambientes interiores y de las vistas exteriores de la arquitectura. Una vez elaborada la perspectiva, el problema pareció resuelto: la arquitectura -se dijo- tiene tres dimensiones: el método es éste, cada uno puede dibujarla. Desde Masaccio, Fra Angélico y Benozzo y Gozzoli hasta Bramante, el siglo XVII, y también el XIX, una vastísima hilera de pintores dan respaldo a dibujantes y arquitectos en la representación en perspectiva de la arquitectura.

Pero precisamente cuando todo parecía críticamente claro y técnicamente logrado, la mente del hombre descubrió que además de las tres dimensiones de la perspectiva existía una cuarta. Esto ocurrió con la revolución dimensional cubista del período inmediatamente anterior a la guerra de 1914. El pintor parisiense de 1912 hizo este razonamiento: yo veo y represento un objeto, por ejemplo, una pequeña caja o una mesa; la veo desde un punto de vista, y hago su reproducción en tres dimensiones desde ese punto de vista. Pero si giro entre las manos la caja, o camino en torno a la mesa, a cada paso varío mi punto de vista, y para representar el objeto desde uno de estos puntos, tengo que hacer una nueva perspectiva. Por consiguiente, la realidad del objeto no se agota en las tres dimensiones de la perspectiva; para representarla integralmente tendría que hacerse un sin fin de perspectivas desde los infinitos puntos de vista. Hay, por tanto, otro elemento, además de
las tres dimensiones tradicionales, y es precisamente el desplazamiento sucesivo del ángulo visual. Así fue bautizado el tiempo como cuarta dimensión”. La manera como los pintores cubistas intentaron expresar esta realidad de la cuarta dimensión, sobreponiendo las imágenes de un mismo objeto representado desde diversos puntos de vista para proyectar el conjunto en un mismo tiempo, desborda nuestro interés.

La cuarta dimensión pareció responder de modo exhaustivo a la cuestión de las dimensiones en la arquitectura. Hacemos girar entre las manos una estatuilla para observarla por todas partes, o caminamos entorno a un grupo escultórico para estudiarlo por un lado y por otro, de lejos y de cerca. En arquitectura - se pensó - existe el mismo elemento “tiempo” o, mejor dicho,este elemento es indispensable para la actividad edilicia. Desde la primera choza del hombre ‘primitivo hasta nuestra casa, hasta la iglesia, hasta la escuela, hasta la oficina donde trabajamos, toda obra de arquitectura para ser comprendida y vivida, requiere el tiempo de nuestro recorrido, la cuarta dimensión. El problema pareció resuelto una vezmás.

Sin embargo, una dimensión que es común a todas las artes, no puede ser característica de ninguna, y por esto el espacio arquitectónico no se agota con las cuatro dimensiones. En pintura, la cuarta dimensión es una cualidad representativa de un objeto, es un elemento de su realidad, que un pintor puede optar por proyectar en el plano y que no requiere ninguna participación física del observador. En escultura sucede la misma cosa: el “MOVIMIENTO”. Pero, en arquitectura el fenómeno es totalmente diferente y concreto: aquí, el hombre, que moviéndose en el edificio y estudiándolo desde sucesivos puntos de vista crea, por así decir, la cuarta dimensión, comunica al espacio su realidad integral Para ser más precisos, la única dificultad es la de expresar una experiencia de todos conocida-, la cuarta dimensión es suficiente para definir el volumen arquitectónico, es decir, la caja de muros que involucra el espacio. Pero el espacio en si -la esencia de la arquitectura- trasciende de los límites de la cuarta dimensión.


Entonces, ¿cuantas dimensiones tiene este “vacío” arquitectónico, el espacio? Cinco, diez, quizás infinitas. Pero, para nuestros fines basta establecer que el espacio arquitectónico no es definible en los términos de las dimensiones de la pintura y de la escultura. Es un fenómeno que se concreta solamente en arquitectura y constituye su carácter específico. La definición más precisa que se puede dar hoy de la arquitectura, es aquella que tiene en cuenta el espacio interior. La arquitectura bella, será la arquitectura que tiene un espacio interno que nos atrae, nos eleva, nos subyuga espiritualmente; la arquitectura “fea”, será aquella que tiene un espacio interno que nos molesta y nos repele. Pero lo importante es establecer que todo lo que no tiene espacio interno no es arquitectura


Existen dos equivocaciones que no se deben cometer
1.    Que la experiencia espacial de la arquitectura tan sólo se puede tener en el
interior de un edificio, es decir, que prácticamente no existe, o no tiene valor el espacio
urbanístico;
2.    Que el espacio no es solamente el protagonista de la arquitectura, sino que
ayuda la experiencia arquitectónica, y que por consiguiente. La interpretación espacial de
un edificio es suficiente - como instrumento crítico para juzgar una obra de arquitectura-.

Estas equivocaciones deben ser disipadas:
La experiencia espacial propia de la arquitectura tiene su prolongación en la ciudad,en las calles y en las plazas, en las callejuelas y en los parques, en los estadios y en los jardines, allí donde la obra del hombre ha delimitado “vacíos”, es decir, donde ha creadoespacios cerrados. Si el interior de un edificio esta limitado por seis planos (suelo, techo y cuatro paredes), esto no significa negar la cualidad de espacio a un vació cerrado por cinco planos en lugar de seis, como ocurre en un patio o en una plaza. No se si la experiencia espacial que se tiene al recorrer una autopista rectilínea y uniforme a través de kilómetros de llanura deshabitada, se pueda definir como una experiencia arquitectónica en el sentido corriente de la palabra ; pero es cierto que todo el espacio
urbanístico, todo lo que está limitado visualmente por muros, filas de árboles, perspectivas, etc., está caracterizado por los mismos elementos que distinguen el espacio arquitectónico, ahora, dado que cada volumen edilicio, cada “caja de muros”, constituye un límite, una cortadura en la continuidad espacial, es claro que todo edificio colabora en la creación de dos espacios: los espacios internos, definidos completamente por cada obra arquitectónica, y los espacio externos o urbanísticos, que están limitados por cada una de ellas y sus contiguas. Es evidente que todos estos temas que hemos excluido de la arquitectura propiamente dicha -puentes, obeliscos, fuentes, arcos de triunfo, agrupaciones de árboles, etc.- y particularmente las fachadas de los edificios, entran todos en juego en la formación de los espacios urbanísticos. Tampoco aquí tiene mportancia su valor artístico particular, o al menos no tiene importancia predominante; lo que interesa es su función como elementos determinantes de un espacio cerrado. Que las fachadas sean bellas o no, es hasta aquí (hasta que hallamos aclarado el segundo error) secundario. Así como cuatro paredes bien decoradas no crean por si mismas un bello ambiente, un grupo de excelentes casas puede limitar un pésimo espacio urbanístico y viceversa.

La segunda equivocación lleva el razonamiento a sus límites lógicos extremos y al absurdo, a través de argumentaciones que son totalmente extrañas a las intenciones de  toda persona que sostenga la interpretación espacial de la arquitectura. Decir que el espacio interno es la esencia de la arquitectura, no significa de ninguna manera que el valor de una obra arquitectónica se agote en el valor espacial. Todo edificio se caracteriza por una pluralidad de valores: económicos, sociales, técnicos, funcionales, artísticos espaciales y decorativos, y cada persona es muy dueña de escribir historias económicas,historias sociales, historias técnicas y volumétricas de la arquitectura, así como es posible escribir una historia cosmológica tomista o política de la Divina Comedia.

Pero la realidad del edificio, es consecuencia de todos estos factores, y su historia válida no puede olvidar ninguno de ellos. Aún prescindiendo de los factores económicos, sociales y técnicos, y fijando la atención sobre los factores artísticos, es claro que el espacio en si, a pesar de ser el sustantivo de la arquitectura, no basta para definirla. Si es cierto que una decoración bella nunca creará un espacio bello, es también cierto que un espacio satisfactorio sin el sostén de un adecuado tratamiento de las paredes que lo cierran, no crean un ambiente artístico. Acaece ver todos los días una bella habitación estropeada por barnices y pinturas, por muebles inadecuados o por una iluminación miserable. Sin duda se trata de elementos relativamente poco importantes, porque se pueden cambiar fácilmente, mientras que el espacio está y permanece. Pero un juicio estético sobre un edificio se basa no sólo en su valor arquitectónico específico, sino también en todos sus factores accesorios, sean estos escultóricos, como en la decoración aplicada, pictóricos,
como en los mosaicos, frescos y cuadros, o bien de amueblamiento

Después de un siglo de arquitectura preponderantemente decorativa-escultórica, “a
espacial”, el movimiento moderno, en su esplendido intento de llevar de nuevo la
arquitectura a su propio campo, ha desterrado la decoración de los edificios, insistiendo
sobre la tesis de que los únicos valores arquitectónicos legítimos son los volumétricos y
espaciales. La arquitectura racionalista se dirigió principalmente hacia los valores volumétricos, mientras que el movimiento orgánico apuntó a los espaciales. Pero es evidente que si nosotros, como aquellos arquitectos subrayamos los substantivos y no los adjetivos de la arquitectura, como críticos e historiadores no podemos proponer nuestras preferencias, en el campo de los modos o de las expresiones figurativas como único metro de juicio para la arquitectura de todos los tiempos. Tanto más que, después de veinte años de nudismo arquitectónico, de desinfección decorativa, de fría y glacial volumétrica, de esterilización estilística contraria a tantas exigencias psicológicas y
espirituales, la decoración (ya no en forma de ornamentación aplicada, sino en forma de coplamiento de materiales naturales distintos, de nuevo sentido del color, etc.) está entrando de nuevo en la arquitectura, y es además justo que así sea. La “ausencia de decoración” no puede ser un punto del programa de ninguna arquitectura a no ser en planteo polémico y, por tanto, efímero.

El lector profano, al llegar aquí, quizás quede un poco confundido. Si la decoración tiene una importancia, si la escultura y la pintura, desechadas en un primer momento, vuelven al campo de la arquitectura, ¿para qué ha servido todo este discurso?

Evidentemente, no ha servido para descubrir nuevas ideas, ni para inventar teorías esotéricas de la arquitectura, sino simplemente para ordenar y orientar las ideas que existen y que todos intuyen. Es cierto que la decoración, la escultura, y la pintura están comprendidas en el estudio de los edificios (no menos que los motivos económicos, los valores sociales o funcionales, y las razones técnicas) la arquitectura abarca todo, así como cualquier otro gran fenómeno de arte, pensamiento práctica humanos, pero ¿en que forma? No indiferenciadamente como se podrá creer afirmando una unidad de las artes, genérica y vacía.

En la ecuación arquitectónica, la decoración, la pintura y la escultura se valoran en sus lugares respectivos, según su calidad de substantivos o adjetivos. La historia de la arquitectura es ante todo, la historia de las concepciones espaciales. El juicio arquitectónico es fundamentalmente un juicio acerca del espacio interno de los edificios.

En conclusión, si bien en la arquitectura podemos encontrar las atribuciones de las demás artes, es el espacio interno, el espacio que nos circunda y nos incluye, el que da el  “la” en el juicio sobre un edificio, el que constituye el “si” o el “no” de cualquier sentencia estética sobre arquitectura. Las demás cosas son importantes, o mejor, pueden ser importantes, pero son funciones de la concepción espacial. Cada vez que en la historia y en la estética se pierde de vista esta jerarquía de valores, se genera confusión y se acentúa la desorientación presente en materia de arquitectura.
Que el espacio, el “vació”, sea el protagonista de la arquitectura, resulta, en el fondo, muy natural: ya que la arquitectura no es tan sólo arte, ni sólo imagen de vida histórica o de vida vivida por nosotros o por los demás; es también y en primer lugar, el ambiente, la escena en la cual se desarrolla nuestra vida

La interpretación espacial constituye el atributo necesario de toda posible interpretación si quiere tener un sentido concreto, profundo, exhaustivo en materia de arquitectura. Ofrece, por tanto, el objeto, el punto de aplicación arquitectónico, a toda posible interpretación del arte, al mismo tiempo que condiciona su validez. En arquitectura, el contenido social, efecto psicológico y valores formales se materializan en el espacio. Interpretar el espacio significa, por tanto. Incluir todas las realidades de un edificio.

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